Aprendizajes 2025: vida y transformación

Con algo de retraso, ya en febrero de 2026, no quería dejar de escribir estas reflexiones. Otros años he compartido aprendizajes nacidos del trabajo con organizaciones, líderes y empresas familiares. Esta vez quiero compartir uno más personal.

El 2025 fue un año de menos intervenciones, pero de procesos mucho más complejos. Menos cantidad, pero sin duda mucha más profundidad. Una vez más, la vida me recordó que los retos complejos —ya sean personales u organizacionales— requieren una mirada sistémica.

Ha sido un año de transformación, de cierres y de nuevos comienzos. Un año en el que la vida y la muerte se mostraron muy de cerca, consolidando aprendizajes profundos. Muchos ya los conocía, pero no los había experimentado con tanta intensidad. Cuando se vive así, la experiencia sustituye a cualquier teoría.

Hay una frase que ha resonado en mí con fuerza este año:

“Yo puedo con mi destino, no con el tuyo.” (Claudia Boatti)

Honrar nuestro propio destino y el del otro es una de las lecciones más difíciles —y también de las más liberadoras— que existen. No somos dioses para cambiar lo que a cada persona le corresponde vivir.

Este año viví de cerca la enfermedad de dos personas muy cercanas. Las expectativas médicas eran muy distintas: unas poco alentadoras y otras favorables. Y, sin embargo, una sobrevivió y la otra falleció. Cualquier lógica, probabilidad o previsión se rompió.

Ahí comprendí, una vez más, que por mucho que amemos, acompañemos o luchemos, hay destinos que no están en nuestras manos.

En las organizaciones ocurre algo similar. Muchas veces intentamos “salvar”, empujar o cambiar procesos y personas cuando lo primero es aceptar la realidad tal como es, para poder acompañar desde un lugar más respetuoso y realmente útil.

Como señalaba Bert Hellinger en los órdenes de la ayuda, solo podemos intervenir hasta donde las circunstancias lo permiten. Cuando queremos cambiar el destino del otro (muchas veces para aliviar nuestro propio dolor) terminamos generando más desorden y más sufrimiento.

Como personas, líderes y facilitadores, uno de los grandes retos es entrenar nuestra capacidad de sostener la incertidumbre y acompañar lo difícil sin intentar controlarlo.

Otro aprendizaje profundo de este año ha sido sentir con más nitidez la diferencia entre dolor y sufrimiento, dos conceptos que a menudo se utilizan como si fueran lo mismo, aunque tienen matices distintos.

En la conocida expresión atribuida a Buda —“El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”— se apunta a que el dolor forma parte de la experiencia humana, mientras que el sufrimiento surge cuando nos resistimos, negamos o luchamos contra lo que sucede.

El dolor es una reacción natural ante una pérdida, una limitación o una situación difícil. El sufrimiento suele aparecer como una reacción secundaria: los pensamientos que se enganchan, se repiten y prolongan el malestar en el tiempo.

La psicología moderna también distingue entre estos dos niveles de experiencia: el estímulo emocional primario (el dolor) y la elaboración mental posterior que lo amplifica (el sufrimiento). Autores como Rick Hanson o Jon Kabat-Zinn trabajan este matiz desde la neurociencia y la práctica de la atención plena: el dolor no siempre desaparece, pero el sufrimiento puede disminuir cuando cambia nuestra relación con la experiencia, cuando dejamos de resistirla y aprendemos a sostenerla con mayor presencia y aceptación.

El dolor forma parte de la vida. El sufrimiento aparece cuando luchamos contra lo que es.

Las dos personas cercanas a mí que mencionaba antes lucharon con todas sus fuerzas por vivir. Hasta que llegó un momento en el que el destino fue más grande que cualquier voluntad. Lo que me conmovió fue ver cómo se puede transitar una despedida con dolor (mucho dolor) pero sin sufrimiento: aceptando, despidiéndose con amor y en paz. Sin negar la realidad. Sin intentar no sentir. Al contrario, sintiendo mucho amor y mucho dolor.

En los procesos de transformación organizacional ocurre algo parecido. Cuando luchamos contra la realidad del sistema, intentamos empujarla o ignorarla, el proceso se alarga, se endurece y genera más sufrimiento. Cuando aceptamos lo que hay —aunque duela— se abre la posibilidad de una transformación auténtica.

Este año me recordó también que la transformación es un movimiento natural de la vida: unas etapas mueren para que otras puedan nacer. Sin muerte no habría vida. Y sin vida no existiría la muerte.

En las organizaciones ocurre lo mismo: viejas estructuras, formas de liderar o dinámicas relacionales necesitan cerrarse para que otras nuevas puedan emerger.

2025 ha sido un año de vida y de despedidas, de cierres y de nuevos comienzos. Un año que me ha hecho aún más consciente de la importancia de acompañar los procesos —personales y organizacionales— con presencia, respeto y mirada sistémica.

Hoy me siento más preparada para sostener la complejidad, el dolor, el cambio y el crecimiento desde un lugar más humano y consciente. Sé también que seguirán llegando nuevos retos y dificultades, y confío en que cada uno de ellos será una nueva oportunidad para seguir creciendo.

La transformación no empieza empujando el cambio, sino aceptando la realidad tal como es, aunque duela.